Hace unos días escribía en este mismo blog que el sexo ya no vende, y que ahora vende el activismo. Hace ya 9 años que vengo escribiendo en torno a la idea de hacer posicionamiento de Marketing en torno a valores y a ideas altruistas beneficiosas para clientes y para la sociedad en su conjunto. Durante toda la década se ha ido viendo una demanda creciente de valores y de una codificación de un Marketing centrado en torno al activismo social, creando atributos de responsabilidad social. Pero con cuidado.

 Recuerdo que, trabajando para Bancaja, tuve la oportunidad de analizar a su competencia, antes de su absorción por Bankia: un competidor central, en el Levante español, era la CAM, Caja de Ahorros del Mediterráneo. Allá por 2007, hace ya diez años y antes de la crisis, hicieron una campaña que se denominaba “quiero ser”. En dicha campaña, ya se esbozaba un activismo social, una conexión con valores que, sin embargo, según pude analizar, se les había ido de las manos. Llegó la crisis y un mensaje de activismo a favor del inmigrante se percibió como en contra del de aquí. La moraleja que saco de esto es que el activismo ha de ser equilibrado, medido y buscando el mínimo común denominador entre cerebro y corazón.
 Del mismo modo que hay un activismo social contra marcas (supuestamente depredadoras, no responsables con el medio ambiente, egoístas, explotadoras o despegadas de los intereses supremos de toda la humanidad), vemos cómo día a día aumenta el compromiso de las marcas y las empresas con la sociedad (como un todo). Ya no basta con vender un producto, eso es indistinto, sino hay que lograr que las personas perciban que ayudan a cambiar el mundo al comprar (como un compromiso con la raza humana, tal trascendencia vemos en ciertas campañas) un producto o servicio. Acto de compra que ha de ser percibido como un bálsamo de fierabrás que libera la conciencia, genera orgullo en el benefactor social que consume lo que debe…
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Publicado en el diario The Huffington Post.