Hace tiempo que me ronda una idea la cabeza: la experiencia (de cliente, en turismo) te puede traer una crisis de éxito. ¿A qué me refiero? A ciudades, a negocios, que pierden su encanto por mor de la masificación.

Adoro Lisboa, no me canso de pasear por sus avenidas y callejuelas. Lo he hecho en muchas ocasiones, a veces en fechas normales “de diario”, entre semana, y fuera de temporada alta turística. Siempre me ha resultado una ciudad maravillosa, evocadora de tiempos pasados, con punto canalla, melancólica, suave en su devenir, silenciosa, armónica, con lugares recónditos y paraísos cercanos: Estoril, Sintra, las playas de Guincho, Carcavelos o Cascais.

Sin embargo, la última vez, se me ocurrió ir en Semana Santa, y ni siquiera los días festivos, sino los días previos. El resultado fue bastante decepcionante, un mito por el suelo, todo lleno e incómodo. El barrio de la Alfama lleno de gente con cámara (como yo) y, rompiendo la magia, destruyendo la experiencia. Con las avalanchas de turistas por doquier, te sientes como en un parque temático.

Y he aquí mi reflexión. El turismo y su masificación pueden destruir mi deseo de volver a un sitio y mi percepción de dicho lugar. De hecho, creo que, si yo no hubiera estado antes en la Lisboa, me hubiera llevado una imagen más bien negativa, en consecuencia, me hubiese ido sin ganas de volver.

La experiencia turística ha de ser inmersiva, participativa, buscando la conexión emocional con el lugar y sus gentes, la comprensión de la cultura, la valoración de los elementos monumentales y del paisaje. La educación, el escapismo, el entretenimiento, la autenticidad, lo genuino y, por supuesto, aprender del lugar y sus gentes, generan memorabilidad y un buen recuerdo…

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Publicado originalmente en La Razón