La Ley de Atención a la Clientela ¿qué nos espera en 2026?

Cuando la paciencia del consumidor toca fondo

El pasado 12 de  diciembre de 2025, el Congreso aprobó una ley que muchos califican ya como la revolución silenciosa del consumidor español. La nueva Ley de Servicios de Atención a la Clientela nace con un objetivo claro: restaurar el equilibrio en la relación entre empresas y consumidores, tras años de abuso de automatismos, ocultamiento de costes y desprecio por la experiencia del usuario.

¿El detonante? Una ciudadanía cada vez más harta. Según datos del CIS, 7 de cada 10 consumidores habían experimentado en el último año alguna forma de mal servicio: esperas telefónicas interminables, atención impersonal, dificultades para darse de baja, cargos ocultos… Y la sensación, generalizada, de que reclamar es perder el tiempo.

La ley, en esencia: atención humana, derechos claros y transparencia obligatoria

La norma pivota sobre tres grandes principios: atención personalizada, reducción de tiempos de respuesta y fortalecimiento de los derechos del consumidor. Pero va mucho más allá de las buenas intenciones: regula, exige, sanciona.

Algunas de las medidas más potentes:

  • Adiós al spam telefónico: las llamadas comerciales sin consentimiento expreso están prohibidas. No más interrupciones a la hora de la siesta.
  • Atención humana obligatoria: siempre debe existir la opción de hablar con una persona. Y en menos de tres minutos.
  • Respuestas ágiles: las reclamaciones deben resolverse en un máximo de 15 días (5 si hay cobros indebidos).
  • Precios transparentes: el precio que se muestra es el precio que se paga. Fin a los “gastos de gestión” sorpresa.
  • Renovaciones con aviso: las renovaciones automáticas deben ser notificadas con al menos 15 días de antelación.
  • Prohibido cobrar por atenderte: nada de números de tarificación adicional para resolver problemas.

Pero no solo se trata de lo que cambia, sino de cómo lo hace: la ley establece un régimen de auditorías externas, canales gratuitos obligatorios, trazabilidad de reclamaciones y sanciones de hasta 100.000 € por incumplimientos graves.

No es un capricho regulatorio: es una exigencia del presente

Durante años, la atención al cliente fue el “cajón de sastre” donde se enviaban bots mal entrenados (llevo diez años trabajando en esto, he visto cosas que no creerías ;-), becarios sin formación y procesos automatizados que no sabían resolver problemas reales. Se nos vendió como “eficiencia”, pero en realidad era precarización y ahorro de costes. Y el consumidor lo nota.

Esta ley es un reflejo de una demanda creciente: queremos empresas que escuchen, que respeten nuestro tiempo y que respondan cuando algo falla.  Como evidencio en mis trabajos de los últimos años.   No se piden  milagros, se exige respeto.

Además, las malas prácticas en atención al cliente tienen un coste real: según un estudio de Deloitte, el 32% de los consumidores abandona una marca tras una sola mala experiencia. Esta ley, por tanto, no solo protege al consumidor: protege la reputación empresarial a largo plazo.

Grandes empresas, grandes responsabilidades

La normativa se aplica, principalmente, a grandes empresas (más de 250 empleados o más de 50 millones de euros de facturación), y a todas aquellas que operan en sectores considerados esenciales: energía, agua, transportes, telecomunicaciones, banca…

Es decir, a todas aquellas que, nos guste o no, forman parte del día a día de la ciudadanía y cuya relación con el consumidor no es optativa, sino estructural.

También hay una mención especial a la accesibilidad: las empresas deberán ofrecer atención adecuada a personas mayores, con discapacidad o en situación de vulnerabilidad. Porque la tecnología no puede ser una barrera, y la atención debe ser, ante todo, humana e inclusiva.

¿Y las empresas? Entre la resistencia y la oportunidad

Como era de esperar, la ley ha despertado suspicacias en ciertos sectores. Algunas patronales han alertado del coste de implementar los nuevos estándares. Pero lo cierto es que, más allá del gasto inicial, esta ley representa una enorme oportunidad para diferenciarse en lo único que realmente importa hoy: la experiencia de cliente.

Las empresas que sepan ver más allá del cumplimiento normativo y abracen la cultura del cuidado al cliente podrán convertir esta regulación en ventaja competitiva. Atención más rápida, más clara y más humana no es solo una obligación legal: es la base de cualquier estrategia de fidelización efectiva en 2025 y más allá.

El nuevo consumidor: exigente, informado y con memoria

Lo que esta ley refleja, en el fondo, es un cambio sociológico. El cliente de hoy no se conforma con que lo atiendan; exige que lo atiendan bien. Tiene herramientas para comparar, para denunciar, para viralizar malas experiencias. Y sobre todo, tiene poder. Poder de elección, de influencia y de reputación.

Este nuevo marco legal no es más que la consecuencia natural de un cliente que ha evolucionado más rápido que muchas empresas. Y que ahora encuentra respaldo institucional para hacer valer sus derechos.

Más allá de la ley: cultura de servicio como activo estratégico

Por supuesto, una ley no cambia la cultura de un día para otro. Pero marca un camino. El verdadero salto vendrá cuando las empresas interioricen que cuidar al cliente no es un trámite, sino una forma de crear valor.

Eso implica formar equipos, rediseñar procesos, invertir en tecnología útil (que ayuda, no que estorba), y poner al cliente en el centro de verdad, no solo en los PowerPoints. Porque la atención al cliente no empieza cuando algo falla: empieza en el primer clic, en la primera llamada, en la primera pregunta.

Una ley necesaria, un cambio inaplazable para 2026

La Ley de Atención a la Clientela 2025 no es perfecta y aún no la he conocido en profundidad. Seguramente, en este nuevo año 2026 tendrá que ajustarse, evaluarse y mejorar con el tiempo. Pero su existencia ya es una victoria. Porque declara, por fin, que el consumidor no es un obstáculo operativo, un mal menor, sino el motivo por el que las empresas existen y nosotros, los profesionales, también.

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