No es edadismo, es sentido común

Es absurdo marginar a una persona, presuponiendo incapacidad debido a su edad. En España, contamos con ejemplos notables que desafían los prejuicios relacionados con la edad.

Figuras como Pujol, al margen de consideraciones éticas, demostraron su capacidad para defenderse en público y en los tribunales con elocuencia y agudeza a pesar de la edad. Fraga, con una mente aguda, mantuvo su lucidez hasta el final de sus días, al igual que Felipe González, quien se destaca a sus ochenta y pico por su habilidad comunicativa. Estos ejemplos desafían la idea de que la edad, por sí sola, determina la capacidad.

En contraste, los últimos días han puesto de manifiesto las preocupaciones sobre la edad en la política estadounidense. Biden ha sido criticado por sus lapsus y deslices en discursos públicos. Tropiezos varios, metafóricos y literales, generan temor por su estado.

La presencia de senadores octogenarios ha llevado a cuestionamientos sobre la gerontocracia en los Estados Unidos. Donald Trump, a pesar de su edad cercana a los 80 años, ha tratado de disimular los efectos del envejecimiento con tratamientos y bronceado artificial. Sin embargo, es innegable que el envejecimiento puede afectar la capacidad de las personas en roles de alto estrés y exposición pública.

No obstante, es esencial distinguir entre el prejuicio relacionado con la edad y el reconocimiento de la realidad evidente. No todos envejecemos de la misma manera, y hay ejemplos de personas mayores que continúan siendo brillantes en su campo hasta el final. El escritor Francisco Ayala, quien vivió hasta los 104 años, es un ejemplo elocuente de creatividad y sabiduría en la vejez. Leopoldo Abadía, por su parte, demostró cada día una mejora constante en su capacidad intelectual con el tiempo.

Además de estos ejemplos, no podemos pasar por alto el impacto de mujeres notables en su vejez. Gabriela Mistral, la poetisa chilena y ganadora del Premio Nobel (1945), continuó siendo una voz literaria influyente a medida que envejecía. También está el caso de Jane Goodall, la primatóloga británica que, en su vejez, sigue siendo una defensora apasionada de la conservación y una autoridad en el estudio de los chimpancés.

Es fundamental comprender y asumir que, a medida que envejecemos, surgen desafíos físicos y cognitivos. Algunas personas pueden experimentar una pérdida de capacidades que dificulta la gestión de equipos, horarios extenuantes, presiones del liderazgo y presentaciones públicas. En estos casos, la transición hacia una vida menos expuesta y más enfocada en intereses personales puede ser beneficiosa tanto para el individuo como para la sociedad en general. Asumámoslo, no es edadismo, es realismo.

El ejemplo que me contaba mi amigo Brian Carey hace unos días es elocuente: su suegro de 90 años estudia en la universidad. Este ejemplo muestra y demuestra que la avidez y capacidad intelectuales pueden persistir con la edad. Sin embargo, es importante reconocer, asumir, que hay roles y responsabilidades que pueden sobrepasar las capacidades de algunos individuos mayores. En tales situaciones, quizás sea más sabio retirarse y permitir que otros asuman el liderazgo.

Mi conclusión es que la discusión sobre la edad y la capacidad no debe ser reducida a un problema de edadismo “a secas». En cambio, deberíamos enfocarnos en un diálogo abierto sobre cómo envejecemos (os enlazo un post sobre «Los pilares para el correcto envejecimiento«)  y cómo podemos continuar contribuyendo de manera significativa a la sociedad en función de nuestras capacidades individuales. Sin marginar a nadie por edad, pero siendo consciente de que las capacidades menguan, no siempre, pero menguan. No es edadismo, es sentido común.

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